¿Cómo vivir Pentecostés sin que te cambie la vida?

 

Hay acontecimientos que transforman nuestro modo de vivir. Hay acontecimientos felices,
como el nacimiento de un hijo, y acontecimientos dolorosos, como una enfermedad o
la pérdida de un ser querido. Pero todos crean como un vacío que facilita escuchar el anhelo
profundo del corazón, y sentirse más libre para cambiar y mirar las cosas de otra manera.
Pero ¿qué pasa cuando nuestra vida pasa por un periodo de estabilidad? Parece que todo sigue
una rutina y que aunque el corazón nos diga que hay algo más, no vemos cómo avanzar.
Cuando tenemos ciertas responsabilidades y compromisos, no siempre es voluntad de Dios
cambiarlo todo para comenzar un nuevo camino… ¡pero el corazón sigue llamando!
 También en esta situación hay lugar para el viento y el fuego de Pentecostés, porque Él es
el que cambia nuestro corazón para renovar nuestro cotidiano, y transforma la rutina en
una primavera. Las circunstancias no es lo primero que hay que cambiar; la transformación
comienza por el corazón.
El Pentecostés cristiano tiene sus raíces en la fiesta judía que celebra cincuenta días
después de Pascua el don de la Torá, de la Ley. El Espíritu, como ya anunciaban los profetas,
escribe la Nueva Ley en nuestros corazones que nos revela al Padre –el Targum traduce
Ex 19,18 diciendo que el Señor se revela, en vez de baja, por el fuego.
 En este mismo día, los judíos leen el libro de Rut, que en sus 4 capítulos es una bella
enseñanza de cómo Dios está presente discretamente en nuestras vidas. En síntesis,
este libro sagrado explica la historia de cómo una mujer pagana, Rut, por su fidelidad
a su familia de adopción, sella durante la fiesta de Pentecostés su amor con Booz,
que significa “el que tiene la fuerza y valentía moral”.
Unida en segundas nupcias a Booz, Rut queda definitivamente arraigada en la familia
de Noemí y Elimélec, quien lleva un nombre que significa Dios Reina. Así se confirma que Dios
sigue reinando, aunque en determinados momentos no veamos cómo ni de qué manera.
Y de este amor germinará como fruto al rey David (Booz y Rut son sus bisabuelos),
del que saldrá el Mesías.
 Nuestro Pentecostés tiene una raíz lejana en la confianza y fidelidad de Rut, en la valentía
para ser un hombre de bien de Booz, en la generosidad, el amor y la espera activa de la
bendición de Dios. Esas mismas actitudes crearán el vacío necesario para que desde dentro
este Pentecostés sea para nosotros ocasión de una renovación profunda.
 
 
 

Apuntes de Caritas in Veritate - Capítulo 3

Fraternidad, desarrollo económico y sociedad civil

Una lógica y cultura nuevas.

 

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El mundo ha cambiado. ¿Quién puede negarlo? Y con el cambio se plantean nuevos retos y desafíos a los que los hombres y mujeres de Dios, como nuevos profetas y apóstoles, debemos responder con la creatividad y el poder del Espíritu. Esencialmente, “la novedad principal ha sido el estallido de la interdependencia planetaria, ya comúnmente llamada globalización”. Así concluía Benedicto XVI el capítulo precedente, quien aseguraba que “la caridad y la verdad nos plantean un compromiso inédito y creativo”: “Se trata de ensanchar la razón y hacerla capaz de conocer y orientar estas nuevas e imponentes dinámicas, animándolas en la perspectiva de esa civilización del amor, de la cual Dios ha  puesto al semilla en cada pueblo y en cada cultura”. En el capítulo tercero, nos dice cómo es esta nueva lógica y cultura.

 

El Papa dibuja los trazos de tres lógicas que pueden configurar la economía y las relaciones entre las personas que de ella se derivan. Por sí solas no son ni buenas ni malas; deben coexistir sin convertirse en modelos totalitarios. La primera es la lógica de mercado, sostenida esencialmente por la iniciativa y la empresa privada, que busca legítimamente un beneficio. La segunda es la  lógica política, que se traduce en iniciativas públicas de carácter estatal. La tercer es la más novedosa, la realmente revolucionaria, la tercera vía original que la CiV propone: la del don si contrapartida que genera estructuras solidarias (§37).

 

El punto de partida es que “el ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente” (CiV34). “Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad, unifica a los hombres de manera que no haya barreras o confines” (idem). La doctrina social de la iglesia sostiene que estas relaciones auténticamente humanas, de amistas y de sociabilidad, de solidaridad y de reciprocidad, se pueden vivir también dentro de la actividad económica, y no sólo fuera o “después” de ella: “el gran desafío que tenemos es mostrar tanto en el orden de las ideas como de los comportamientos, que no sólo se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la trasparencia, la honestidad o la responsabilidad, sino que en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tenr espacio en la actividad económica ordinaria” (CiV 36).

 

Ya existes estructuras así: el comercio justo, el movimiento de Economía de Comunión, y otras. Ahora, el Papa nos invita a seguir apoyando y desarrollando esta vía como una expresión genuinamente evangélica de la economía: “caridad en la verdad significa la necesidad de dar forma y organización a las iniciativas económicas que, sin renunciar al beneficio, quieren ir más allá de la lógica del intercambio de cosas equivalentes y del lucro como fin en sí mismo” (CiV 38).

 

Por este camino se irá consolidando una cultura que frente al utilitarismo promueve la persona, ante el individualismo vive en comunidad, y desgarrando el techo del materialismo se abre a la trascendencia. ¿Gran tarea? Sí, pero el Papa confía en ti: “la globalización no es, a priori, ni buena ni mala. Será l que la gente haga de ella. Debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, procediendo razonablemente, guiados por la caridad y la verdad”. Esta misión pide que pongamos en obra nuestras capacidades materiales e intelectuales, pero también las espirituales. La globalización no es sólo algo económico, social o cultural, sino también una materia que interpela nuestra comprensión y relación con Dios: “la globalización es un fenómeno multidimensional y polivalente, que exige ser comprendido en al diversidad y en la unidad de todas sus dimensiones, incluida la teológica”.

Apuntes de Caritas in Veritate - Capítulo 2

El desarrollo humano en nuestro tiempo

Las claves del desarrollo.

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En el capítulo anterior, el Papa ya nos ha dicho, citando a Pablo VI, que el desarrollo es una vocación. Por tanto, Dios quiere que crezcamos, que seamos más, que alcancemos la madurez de todas nuestras capacidades. ¡Qué equivocados están los que ven a Dios como enemigo que reduce e infantiliza el hombre!

 

En ese proceso, que también es una lucha y un combate espiritual, ¿qué dominios requieren una mayor atención en nuestra época? Vivimos un momento histórico en el que los patrones de siempre, o al menos los de los últimos 500 años, ya no responden a nuestras inquietudes ni reflejan la comprensión que tenemos de nosotros mismos. Benedicto XVI afirma que se “requieren esfuerzos de comprensión unitaria y una nueva síntesis humanista” (CV 21).

 

¿Qué significa esto? En primer lugar que no podemos reducir nuestro discurso al cuerpo, como se hace desde posiciones hedonistas o materialistas, ni al alma, como ciertas corrientes espiritualistas a veces cristianas, ni en la inteligencia, ni en la acción social y política. Hoy necesitamos mirarnos en globalidad, en una multifuncionalidad armónica, con una “comprensión unitaria”. Ese es el camino que desde siempre nos muestra la Palabra de Dios. Busquemos esta sabiduría en ella. Qué importante es que Dios toque nuestros sentimientos, nuestro modo de caminar y comportarnos. En definitiva, que la relación íntima con Él desborde desde el corazón hasta un “estilo de vida”.

 

Dicho esto, ¿cuáles son esos dominios que el Papa reconoce que tienen un peso esencial en nosotros? Algunos de los que trata en su encíclica son los siguientes:

 

La res publica

Es todo aquello que nos une en un proyecto común con los otros, más allá de los credos y confesiones; llamémoslo política o asociaciones de trabajadores (CV 24-25). Benedicto XVI nos dice que no nos desanimemos con los escándalos o incoherencias que se airean, confirma que algunos tienen la llamada divina para servir en esos ámbitos, y que todos debemos “prestar una mayor atención y participación en la res pública”. Es cierto que nos podemos ver sobrepasados por la tarea y sentir miedo, pero si comprendemos que es el Señor quien nos envía, nos llega el ánimo y la sabiduría para lanzarnos: “Cuando os lleven ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que conviene decir” (Lc 12,11-12)

 

Ora et labora

Otro dominio esencial es el trabajo. En el Génesis Dios confía al hombre la creación diciéndole: “trabajad la tierra y sometedla” (Gn 1,28). Y la palabra hebrea avoda sirve tanto para designar el trabajo como el culto. El tiempo que dedicamos a laborar es como la otra cara del orar, y siempre podemos vivir bajo la presencia y la unción del Padre. Por eso el estar sin trabajo durante mucho tiempo o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, comporta graves daños en el plano psicológico y espiritual (cf. CV 25). El reto que tenemos es vivir nuestra profesión desde Dios. Así será fuente de coherencia interna, de paz y de gozo, tanto su realización, si lo tenemos, como su búsqueda, si nos falta.

 

Para seguir adelante

Benedicto XVI también ilumina otras dimensiones igualmente importantes, como la vida, la relación con la inteligencia y la técnica, la cultura. Acerquémonos a la encíclica, y dejemos que el Espíritu ilumine nuestra conciencia con su verdad, e infunda coraje en nuestro corazón con su amor.

Apuntes de Caritas in Veritate. Capítulo 1

El mensaje de la Populorum progressio

Desarrollo como vocación, y cómo ser más.

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En este primer capítulo, Benedicto XVI hace un repaso de la doctrina de su antecesores, extrayendo las líneas maestras la Populorum progressio de Pablo VI, la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II, y la constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, pasando así mismo por la Humanae vitae y la Evangelii nuntiandi. De todas ellas, destaca la idea que el desarrollo es vocación.

Hay “leyendas urbanas” referentes al cristianismo y la Iglesia tremendamente falsas. Una de ellas es que el católico es enemigo del progreso. Pues bien, si es hermoso que Cristo llame a un joven al sacerdocio (y ojalá que haya muchos), si es extraordinario que Dios llame un hombre y una mujer al matrimonio (y que lo vivan como una auténtica llamada), si es la plenitud de una vida que el Espíritu invite a una misión particular, como llamó a la Madre Teresa de Calcuta a cuidarse de los pobres, a Santa Genoveva Torres a consolar el corazón de Cristo sanando la soledad, o a Santa Teresita del Niño Jesús y la Santa Faz a ser el amor en el corazón de la iglesia, también el desarrollo es una vocación.

Y como toda vocación afecta a lo más humano y a los más espiritual: “en los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso porque la vida de todo hombre es una vocación” (CV16 cf. Populorum progressio 15).

¿Podemos acoger el progreso personal y social como una vocación, cuando las carencias y nuestra capacidad de reacción nos parecen diminutas? Sí. A pesar de todo, con la gracia y María, la humilde esclava del Señor, somos libres para responder a esa llamada: “la humildad de quien acoge una vocación se transforma en verdadera autonomía porque hace libre a la persona” (CV17), y como afirmaba Pablo VI, “cada uno permanece siempre, sean los que sean los influjos que sobre él se ejercen, el artícife principal de su éxito y de su fracaso”.

¡Qué palabra de confianza! Sí, tu puedes. Tu puedes y puedes contar con la ayuda del Espíritu, de los santos, de nuestra oración, de tus hermanos y hermanas, de la Providencia que pondrá a tu lado las personas y las circunstancias para que puedas avanzar. Benedicto XVI nos da un consejo de auténtico “coach”: puedes ser más, porque “la vocación al progreso impulsa a los hombres a hacer, conocer y tener más para ser más” (CV18).

Sólo hay una condición para avanzar de verdad por este camino de desarrollo personal y comunitario: “La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es el verdadero desarrollo” (idem.) Eso implica que “la vocación cristiana al desarrollo abarca tanto el plano natural como el sobrenatural” (idem.)

Los maestros espirituales siempre han sido puntillosos en los detalles de nuestra vida cotidiana. Esforcémonos por ser mejores profesionales, estudiemos, entrenémonos, cuidemos nuestra inteligencia, nuestras emociones y nuestro cuerpo, pero no descuidemos nunca la fuente de donde nos viene la capacidad de amar de verdad: la comunión con nuestro Señor. Busquémoslo en la oración, en los sacramentos, en la Palabra de Dios, y nuestro corazón quedará colmado.

Apuntes de Caritas in Veritate - Introducción

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Introducción.

Queremos compartir, en forma de apuntes, algunas reflexiones que nos ha suscitado la lectura de la última encíclica del Papa, Benedicto XVI, sobre el desarrollo humano integral en la caridad y la verdad, Caritas in veritate (CV).No pretendemos ser exhaustivos. Nos basta con despertar la curiosidad y el interés. Por ello, esta serie de artículos quedará incompleta sin vuestras aportaciones y comentarios. Es tan rica esta reflexión del Santo Padre sobre nuestro mundo y los desafíos que se nos presentan, que fácilmente encontrará un eco en nuestras vidas, en nuestro cotidiano, y en el camino interior por el que el Espíritu Santo nos conduce.

 

Empecemos, pues, con algunos subrayados de la Introducción a la encíclica.

 

Si algo caracteriza a este Papa, además de su inteligencia y su humildad, es la caridad. Ya fue el tema de su primer documento (Dios es amor), y sigue sosteniendo el discurso de esta encíclica, junto con la verdad. Una vez más, nos ofrece una bella y profunda definición de amor-caritas: “es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta”. (CV1)

Bien. Entonces podemos preguntarnos: ¿basta con amar? Sí, si nuestro amor es verdadero. Cuántas veces hemos experimentado que “amamos mal”, o que lo que decimos que es “por ti”, en el fondo me busco “a mi”, busco un consuelo, una compensación, una seguridad…

A veces, también se ha dicho que “el amor es injusto”, por ejemplo perdonando al enemigo, o ofreciendo la otra mejilla. Es cierto que “la caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer lo “mío” al otro; pero nunca carece de justicia (…) La caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y del perdón” (CV 6). Del mismo modo, el amor sólo es auténtico si se sostiene en la verdad: “La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad” (CV3).

Todos sabemos que amar no es fácil, que nuestras heridas, miedos y deformaciones mentales de la realidad, incluso más allá de nuestro pecado, nos dificultan lo que por naturaleza debería ser espontáneo en nosotros, ya que somos imagen de Dios (Gn 1,26-27).

Sólo podemos aprender a amar cuando somos amados y en relación con los otros. Benedicto XVI nos recuerda que “la verdad es logos [palabra] que crea diá-logos y, por tanto, comunicación y comunión” (CV 4). En la verdad se consolida el amor. No tengamos miedo de acercarnos a los otros: a Dios, a aquellos que amamos y también a aquellos que en algún momento nos hacen daño, porque en mi hermano, hermana, encuentro la escuela del amor de verdad.

El mundo actual desespera buscando el amor, pero le cuesta aceptar Una Verdad. Por eso el amor en la verdad es “un gran desafío para la Iglesia en un mundo en progresiva y expansiva globalización”. También para nuestras “iglesias domésticas” y cercanas de la parroquia, el grupo de oración, de la familia e, incluso, de nuestras relaciones sociales, vivir ese amor en la verdad, ese amor de verdad, es un desafío para cada uno de nosotros.

Que el Espíritu y María nos asistan para ser día a día testigos del amor extremo de Dios que nos ha dado su Hijo único, no para condenar, sino para salvarnos. (Jn 3,17).

¿Qué es la Consagración al Sagrado Corazón?

No lo explicaremos mejor que el obispo de Palencia, mons. Munilla, por eso os invitamos a mirar este video.  Son diez minutos que valen la pena.

 

http://www.youtube.com/watch?v=u44sKEksN5M

 

 

Retiro Efusión Espíritu Santo - Semana 7

Semana 7.

LA COMUNIDAD

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En la foto: El Cenáculo, en Jerusalén, donde los apóstoles con María recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés.

 

Meditación.

 

La Efusión del Espíritu nos revela que somos hijos del Padre, y por tanto hermanos, haciendo crecer un amor especial por la Iglesia tanto a nivel universal (católica) como en sus células más cercanas, como la parroquia, el grupo de oración, la familia. Así el Espíritu Santo nos sitúa en el plan que Dios había pensado para la humanidad desde el principio.

 

Al crear al hombre, Dios nos revela nuestra naturaleza cuando afirma que  “no es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2,18). Al hacernos a su imagen y semejanza, el Dios Trinidad nos crea seres de relación, sociales, familiares. El grupo no es una añadido a nuestra identidad y mucho menos un enemigo: es el medio en el que podemos desarrollarnos plenamente.  Necesitamos de los otros para ser nosotros mismos. Los otros son un espejo en el que nos reflejamos y aprendemos a conocernos y reconocernos.

 

Este movimiento natural, no es ajeno a la vida espiritual. El seguimiento del Dios de Abraham, así como el de Cristo, parte de una experiencia personal, pero se vive en comunidad. La fe es enamorarse de Cristo, y Cristo tiene familia. Vivir la fe es participar en la familia de Jesús, siendo su hermano e hijos del Padre. La celebración de la fe no será, de entrada, individual, sino en asambleas, que en griego se dice “eklesia”.

 

La dimensión comunitaria, por tanto, está tanto en el corazón de nuestra naturaleza humana como cristiana, y tiene como fundamento Cristo mismo, ya que él es la Cabeza y nosotros su Cuerpo místico. La Revelación no nos aísla, sino que nos acerca a los otros: “Habéis purificado vuestras almas obedeciendo a la verdad, para amaros los unos a los otros como hermanos” (1Pe 1,22).

 

Pero ¿Cómo se entiende esta vivencia común de la fe? En el mundo se presentan básicamente dos modelos de organización social: el que hace prevalecer lo comunitario por encima de la persona, como el comunista, y el individualista en el que prevalece el individuo por encima de lo común. La vía cristiana, en cambio, es un camino personalista y de comunión: todo desde la dignidad de la persona, que se realiza en una dinámica de comunión con Dios y con el prójimo.

 

¿Qué dimensiones tiene la comunidad en los cristianos?

 

  • Dimensión familiar. La familia se caracteriza por ser un ámbito de vida. Es decir, que no se limita a un aspecto, sino que llevamos todo lo que somos y hace nuestra existencia: trabajo, relaciones, amistades, diversiones, economía. De igual manera todo afecta a la familia de los hijos de Dios. Por eso santiago critica a su comunidad cuando en el ágape, la cena conjunta, mientras los ricos se hartaban, los pobres pasaban hambre: “¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos  y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros le dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no le dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está muerta” (St2,14-17) La comunidad cristiana también es el lugar en el que nos lo podemos pasar bien y divertirnos con el Señor.

 

  • Dimensión escatológica. La imagen plena de Dios no es un hombre solo, sino la unión del hombre y la mujer, tal como está escrito: “Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó, macho y hembra los creó”. Así mismo la plenitud de los carismas no está en una sola persona, sino en la comunidad cristiana.

Somos miembros del cuerpo de Cristo: relación con la Iglesia y otros grupos.

 

  • Dimensión misionera. Es la comunidad quien envía y quien evangeliza. Mirad cómo se aman. Hch 14 Primera Comunidad.

 

  • Dimensión de Misericordia. Pueblo de pobres. Lc 14,15-24 del banquete de bodas. 1Co 1,26 No hay mucha gente de bien entre vosotros. “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1Jn 3,16)

 

 

 

 

 

Actividad

 

Escogerse de nuevo.

 

Primer día.

Lectura

Hch 2,1-13

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

 

Oración

 

Espíritu Santo, acuérdate de engendrar y formar los hijos de Dios con tu divina y fiel esposa, María.  Tu has formado la Cabeza de los predestinados con ella y en ella; es con ella y en ella que debes formar todos sus miembros. No engendras ninguna Persona divina en la divinidad; pero sólo tu formas todas las Personas divina fuera de la divinidad, y todos los santos que ha habido y habrá hasta el final del mundo están, en tanto que son obras de tu amor, unidos a María.

San Luis María Grignion de Montfort

 

(Retomar esta oración cada día de la semana)

 

Segundo día.

Lectura

Hch 4,1-31

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Tercer día.

Lectura

Hch 10

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Cuarto día.

Lectura

Hch 19,1-7

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Quinto día.

Lectura

Gal 5,16-25

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Sexto día.

Lectura

1Co 12,1-11

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Séptimo día.

Lectura

Jn 16,7-15

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

Retiro Efusión Espíritu Santo - Semana 6

 

LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

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Meditación.

 

Juan XXIII había pedido en 1961, en el anuncio del Concilio Vaticano II, que Dios renovara en nuestra época sus maravillas como en un nuevo Pentecostés. Y el Espíritu escuchó su oración irrumpiendo en el catolicismo. Desde el 18 de febrero de 1967, cuando el Espíritu Santo cayó sobré unos treinta estudiantes y profesores de la universidad de Duquesne (Pensylvania; EUA) que hacían un retiro sobre la iglesia primitiva, hasta los 72 millones de crisitanos católicos que hoy en día participan en grupos y realidades “carismáticas”, hay un largo camino de maravillas que si se intentaran recoger todas por escrito, ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribirían (Jn 21,25). Como dice Pablo, hemos caminado “de gloria en gloria” (2Co 3,18) y la clave de este despertar multitudinario es única: la experiencia de una nueva Efusión del Espíritu Santo.

 

La Efusión del Espíritu no equivale al Bautismo. Este es un sacramento que nos hace hijos de Dios, marcándonos para toda la eternidad con su sello, perdona y sana del pecado original, no shace participar en la vida trinitaria i nos incorpora a la Iglesia. En cambio la Efusión es una experiencia que Dios da para renovar el fervor, las gracias, el impulso misionero, o fundar una nueva obra.

 

En los hechos de los apóstoles se narran diversas efusiones del Espíritu. La primera es la del capítulo 2, cuando se presenta bajo la forma de lenguas de fuego. Los efectos son el don de lenguas, la valentía para dar testimonio público, y la predicación. Más tarde, en el capítulo cuarto hay una segunda efusión: Pedro y Juan son liberados milagrosamente de la prisión, y la comunidad reunida ora pidiendo a Dios que ante la persecución conceda a sus siervos “la valentía de anuncia su palabra”: extiende tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nimbre de tu santo siervo Jesús”. Entonces “retembló el lugar donde estaban reunidos, y todods quedron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía”.

 

Encontramos una tercera efusión del Espíritu en el capítulo décimo. Esta es particular, porque por primera vez se manifiesta sobre los no judíos: “Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó dobre todos los que escuchaban la Palabra (...) El don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios”. Algo parecido pasó en Éfeso justo después que Pablo bautizase unos conversos: “Cuando les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y s epusieron a halar en lenguas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres” (Hch 19,6-7).

 

La efusión del Espíritu no se puede provocar, es un don gratuito de Dios. Pero sí que nos podemos preparar para acoger la gracia cuando se derrame desde el cielo. Jesús decía en el discurso final antes de dar su vida que si le amamos y guardamos sus mandamientos, Él pedirá al Padre que nos de otro Defensor: el Espíritu Santo que habita en nuestra casa y estará con nosotros siempre (Jn14,15-17) ¿Qué predisposición tenían estos hombres y mujeres para dejarse poseer por el Espírtu de Dios? ¿Cómo nos podemos preparar?

 

  • En primer lugar es necesario un corazón puro, porque sólo el hombre de corazón puro puede ver a Dios y estar en su recinto santo (Sal 24,3-4; Mt 5,8) Esto significa que es importante preparar nuestro corazón por la confesión. Una cadena que impide abrir la puerta al Espíritu es el rencor, la dureza, el juicio que vienen de una falta de perdón. Por eso, junto con la confesión, es muy importante reconciliarse con el que tenemos un problema.
  • Una segunda predisposición es tener una actitud de abandono y pequeñez, es decir, dejar que Dios haga sin ponerle límites, ya que “tiene poder para realizar toda s las cosas incomparablement mejor de los que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros” (Ef 3,20). No valen aquí falsas humildades, ni miedor o temores, ni tampoco vergüenzas. Hay que dar carta libre al Espíritu.
  • La tercera predisposición es la fe. Aunque no sintamos nada, aunque a nivel sensible sea el desierto, debemos mantener una actitud de escucha y obediencia a las mociones del Espíritu, y serán el resultado de esta docilidad práctica que nos mostrará la realidad del don que hemos recibido.

 

Una vez renovados por el Espíritu de Dios, los frutos más comunes que nos permiten constatar esta fuerza que viene de lo alto son los siguientes:

 

  • La conciencia de ser Hijos, y descubrir la persona del Padre.
  • La experiencia personal de la Salvación: Jesús me amó y se entregó por mí (Gal 2,20). No es historia pasada,  lo he vivido en mí.
  • Una lectura personal de la Palabra de Dios. Al leer la Biblia el texto sagrado me habla como si hubiese sido escrito especialmente para mí. Los personajes bíblicos se convierten en seres vivos, y sus historias inspiración y luz para mi vida concreta.
  • Amor a la Iglesia. Al reencontrarme con el Padre, descubro que los cristianos son mis hermanos. Ante la Iglesia no pesa tanto su lado organizativo institucional, como el cordial y familiar. Hay un gran respeto y hasta cariño por el Papa, los obispos y los sacerdotes. La identidad laica aparece como un agente protagonista en la misión evangelizadora de la Iglesia. (*) El Santo Padre tiene la misión de confirmar en la fe lo que el Espíritu suscita en la Iglesia. Su bendición es capaz de integrar en la familia de los Hijos de Dios realidades que se escapan a la jurisdicción de un obispo. Por eso, y dado que la Renovación es una corriente de gracia universal y ecuménica, tiene una afinidad espiritual particular con el sucesor de Pedro.
  • Amor a los sacramentos. Como la Palabra de Dios, los sacramentos se vuelven vivos y un verdadero encuentro con Cristo y con los hermanos. Desde este momento no es tan importante lo bien o mal que diga la misa el cura, o qué música anima la liturgia: me encuentro con el Señor. En el sacramento de la confesión, suele haver una renovación al profundizarse la consciencia del pecado y de la misericordia de Dios, acompañándose muchas veces con el don de lágrimas.
  • Gusto por la oración. Como entre enamorados, se desea y se buscan los tiempos de solitud en un corazón a corazón con el Amado.
  • La alabanza. Es uno de los aspectos más característicos de la Renovació Carismática. La oración ya no se limita a peticiones o meditaciones. Se ha tenido una experiencia del amor y la salvación de Dios, de su belleza y grandeza, y surge un canto de alabanza por Él mismo, y por sus obras.
  • Carismas. Una nueva apertura a las manifestaciones carismáticas desde las más sencillas hasta los dones más extraordinarios. La puerta que abre habitualmente al resto de carismas es el don de lenguas, y aunque no fluya espontáneamente podemos ayudarlo a manifestarse, ya que es el único que se puede “provocar”. (cf. Ver anexo sobre la Vida Carismática).
  • Otros. En el momento de la Efusión pueden haber otras manifestaciones más sensibles como lágrimas, descansos en el Espíritu, un calor, risas... en todo caso estas son secundarias respecto a las anteriores.

 

Actividad

 

Prepárate a la Efusión del Espíritu por la confesión, la reconciliación, la oración y el ayuno. Pide al Señor que te conceda un corazón generoso, valiente y fervoroso para acoger todo lo que Él quiera darte.

 

Primer día.

Lectura

Hch 2,1-13

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Fuego y luz que resplandecen en el rostro de Cristo,

Fuego que vienes como palabra,

Fuego que en silencio iluminas,

Fuego que estableces los corazones en la acción de gracias,

Te magnificamos.

 

 

Tu que reposas en Cristo,

Epíritu de sabiduría y de inteligencia,

Espíritu de consejo y fuerza,

Espíritu de ciencia y de temor,

Te magnificamos.

 

Tu que escrutas las profundidades de Dios,

Tu que iluminas los ojos de nuestro corazón,

Tu que te unes a nuestro espíritu,

Tu, por quien reflejamos la gloria del Señor,

Te magnificamos.

San Efrén

 

(Retomar esta oración cada día de la semana)

 

Segundo día.

Lectura

Hch 4,1-31

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Tercer día.

Lectura

Hch 10

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Cuarto día.

Lectura

Hch 19,1-7

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Quinto día.

Lectura

Gal 5,16-25

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Sexto día.

Lectura

1Co 12,1-11

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Séptimo día.

Lectura

Jn 16,7-15

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

Retiro Efusión Espíritu Santo - Semana 5

 

Semana 5.

JESÚS, SEÑOR Y SALVADOR

 

                                                       http://bienaventuranzas.blogspot.es/img/S5crucifijo.jpeg 

 

Meditación.

 

Después de la resurrección de Jesús, la comunidad cristiana empezó a darle diversos “títulos” que manifestaban la experiencia que tenían de Él. Ya no era solamente el hijo del carpintero y el rabino de Galilea. Era el Verbo, el Hijo del Hombre, el Mesías (en griego, ‘Cristo’), el Hijo de Dios. Uno de los títulos más fuertes que le dieron era el de Señor, en hebreo Adonai, un nombre reservado sólo para Dios. Decir ‘Jesús Señor’ es una declaración de su divinidad. Decir ‘Jesús es Señor’ ya es, de por sí, una acto de fe. Por esto san Pablo afirma que nadie puede decirlo si no es por el Espíritu Santo (1Co 12,3).

 

Señor tiene un sentido de poder, de dominio, de gloria. ¿Dónde está el poder de Cristo? En la Cruz. Cuando Pablo fue a evangelizar a los corintios no quiso saber entre ellos sino a Jesucristo, y éste crucificado (1Co 2,2), para que sus palabras fuesen una “demostración del Espíritu y poder de Dios” (1Co 2,5). La Cruz es el signo supremo del amor de Dios, y como que Dios es Amor, y el Amor es Vida, la Cruz también es poder que libera de las cadenas del pecado y de la muerte para dar la Vida Eterna.  “Es por sus heridas que hemos sido curados”, profetizó Isaías (Is 53,5d) y Pedro confirmó que la profecía se refería a Jesús (1Pe 2,24).

 

El poder de la Cruz emana de un amor verdadero y puro que no devuelve mal por mal, sino que lo asume (se hace pecado cf. 2Co 5,21) y lo transforma. Por eso la revelación del Sagrado Corazón, dada por el Señor a Marguerite-Marie Alacoque (1647-1690) en Paray Le Monial, es tan importante: el Corazón de Jesús es todo poderoso, porque es todo amor.

 

Así pues, nuestra vida no se puede limitar a una imitación de Cristo Sufriente, mucho menos en una resignación ante el dolor. Podemos tomar posesión del poder de la Cruz, del Señorío de Cristo para vencer en nosotros y a nuestro alrededor el pecado y la muerte. Hagamos la experiencia de someterle nuestras inconversiones, angustias y combates. Él nos levantará vencedor.

 

¿Cómo saber que hemos pasado por la Cruz del Señor? Porque después de la lucha nos sentimos pacificados, como sin fuerzas ni ganas de seguir luchando, pero con una gran paz y esperanza. Es el misterio del Sábado Santo, del Gran Shabbat como le llaman los ortodoxos. Es el día de la liberación de los primeros padres en las profundidades del infierno, es el día en que Cristo viene a buscarnos en lo más profundo para cogernos de la mano y llevarnos con Él a la luz y a la vida. Tras la Cruz hay una disponibilidad a seguir al Cordero dondequiera que vaya.

 

Asociado a ‘Jesús Señor’, hay el título de ‘Jesús Salvador’, con el que entramos en la resurrección y la gloria. Si Jesús Señor nos libera con su poder del pecado y la muerte, de las ataduras que nos esclavizan, de las angustias y los miedos, Jesús Salvador nos transforma en la luz de su resurrección. Inaugura el Día nuevo, el Domingo, y hace de nosotros una nueva creación. La resurrección no es que un muerto ha vuelto a la vida. ¡Es mucho más! Es la inauguración de una nueva creación. Pablo, para decir nueva, usa la palabra griega kainós que significa fresco, reciente, sin precedente, sorprendente (2Co 5,17). Nosotros estábamos muertos a causa de nuestros delitos, y Dios nos vivificó juntamente con Cristo; con Él nos resucitó y nos hizo sentar en el cielo en Cristo Jesús (Ef 2,5-6). Esta obra de Dios es segura, certera, y poco a poco la gracia nos va transformando en otros Cristos, nos hace vivir de Él, formar parte de Él, de modo que lleguemos a decir que “ya no soy yo quien vivo sino que es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20).

 

Una de las principales diferencias entre la doctrina luterna y la católica, es que mientras los primeros creen que por el misterio de la redención sólo somos lavados de nuestra maldad, los católicos profesamos que hay una auténtica transformación, santificación, divinización (2Pe 1,4).

 

 

¿Qué nos ayuda en el proceso de cristificación? Mencionaremos cuatro medios especialmente poderosos:

 

  1. Los actos de caridad. Es por un amor puro que Cristo convirtió la muerte en vida, ya que la caridad cubre una multitud de pecados (1Pe 4,8). Santa Teresa de Lisieux, convencida de esto, aseguraba que recojer un alfiler con mucho amor puede salvar gran cantidad de almas. La tradición de la Iglesia identifica catorce obras de misericordia. Siete son corporales:

1.     Visitar y cuidar a los enfermos.

2.     Dar de comer al hambriento.

3.     Dar de beber al sediento.

4.     Dar posada al peregrino.

5.     Vestir al desnudo.

6.     Redimir al cautivo.

7.     Enterrar a los muertos.

Los otros siete son espirituales:

1.     Enseñar al que no sabe.

2.     Dar buen consejo al que lo necesita.

3.     Corregir al que yerra.

4.     Perdonar las injurias.

5.     Consolar al triste.

6.     Sufrir con paciencia los defectos del prójimo.

7.     Rogar a Dios por vivos y difuntos.

 

  1. La oración. No es tanto decir plegarias como “pasar tiempo charlando de amor con aquel que sabemos que nos ama” (Santa Teresa de Ávila). La oración es un encuentro amoroso que no siempre deja sentir sus frutos y delicias durante el tiempo que le dedicamos, pero que ilumina el resto de la jornada.

 

  1. La Eucaristía. Los sacramentos en general, y de una manera especial la Santa Misa son signos eficaces de la gracia. El Catecismo de la Iglesia nos enseña que los frutos de la Comunión son acrecentar nuestra unión con Cristo y su Iglesia, conseva y renueva la vida de la gracia y nos hace crecer en el amor al prójimo      (cf. CIC 1391-1397). Es la realización de la promesa de Jesús hablando de la Eucaristía: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56).

 

  1. Manducar la Palabra de Dios. En Hebreos 4,12 se nos dice: “Es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón.” La sabiduría secular de la Iglesia, transmitida a través de los Padres del Desierto y del monaquismo ha mantenido la práctica de la Lectio Divina. Se trata de un tiempo dedicado a dejarse llenar, iluminar y transformar por la Palabra. No es el momento del estudio, ni de la lectura de un número fijo de capítulos. Es pedir el Espíritu Santo, y una vez que estamos en quietud, inteirorizados, tomar la Palabra, escoger un pasaje, y empezar a leer con el corazón atento, que marcará le frase o la palabra donde detenerse para ruminar esa presencia particular de Dios. En la Eucaristía se habla de la Mesa del Altar y de la Mesa de la Palabra. Como Ezequiel (3,1-3) comamos la Palabra, será en nuestra boca dulc como miel.

 

Cristo Jesús, Señor y Salvador. No hay otro nombre por el que podamos salvarnos. Él es la piedra rechazada por los constructores pero que el Padre ha puesto como “piedra angular, elegida, preciosa y el que crea en ella no será confundido” (1Pe 2,6). Rechacemos todos aquellos que se presentan como salvadores. Sólo Jesús. Sólo Él. Démosle la oportunidad de traer a nuestra vida la plenitud de Su Vida, de modo que se realice aquello a lo que estamos llamados: “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe 2,9).

 

Actividad

 

Escribe una declaración solemne en la que aceptas a Jesús como tu Señor y Salvador. Pon tu nombre, la fecha, y fírmala. Que te sirva de recuerdo de la Alianza que has hecho con Cristo.

 

Primer día.

Lectura

Fil 2,5-11

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor,

yo quisiera ser una esposa para tu Corazón,

quisiera cubrirte de gloria,

quisiera amarte... hasta morir!

Pero siento mi impotencia

Y te pido que me “revistas de ti mismo”

Que identifiques mi alma con todos los movimientos de tu alma,

Que me sumerjas, que me invadas, que me sustituyas,

Para que mi vida sólo sea un resplandor de tu vida.

Ven a mí como Adorador, como Reparador, y como Salvador.

 

Oh Fuego consumidor, Espíritu de amor, ven sobre mi

Para que se haga en mi alma como una encarnación del Verbo:

Que le sea una humanidad añadida en la que se renueve todo su misterio.

Y tu, oh Padre, inclínate hacia tu pobre y pequeña creatura,

Cúbrela con tu sombra, no veas en ella más que tu Amado,

En el que has puesto tus complacencias.

 

B. Elisabeth de la Trinidad (extractos de su Cántico “Mon Dieu, Trinité que j’adore”)

 

(Retomar esta oración cada día de la semana)

 

Segundo día.

Lectura

Gal 2,19-21

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Tercer día.

Lectura

Lc 16,13

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Cuarto día.

Lectura

2Co 3,12-18

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Quinto día.

Lectura

1Jn 4,14-16

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Sexto día.

Lectura

Jn 3,16-17

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

 

Séptimo día.

Lectura

2Pe 3,17-18

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Retiro Efusión Espíritu Santo - Semana 4

Semana 4.

CREE Y CONVIÉRTETE

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Meditación.

 

“El que te creó sin tí, no te salvará sin tí”. Esta afirmación de San Ignacio de Loyola muestra perfectamente una de las maravillas del cristianismo: Dios es todo poderoso, libre y no necesita de nada ni de nadie, pero en la relación que ha decidido establecer con el hombre y la mujer, cuenta con nosotros. Nada hay de más falso que la imagen del ser humano títere de las arbitrariedades de los dioses. Ese no es nuestro Dios. Tampoco es nuestro Dios ese que mantiene a la humanidad infantilizada y dependiente. El Padre de Jesucristo quiere establecer una relación con cada uno de sus hijos para que lleguemos a ser adultos en la fe, autónomos, a la medida de Cristo (Ef 4, 11-15). No, Dios no es el competidor del hombre.

 

            El Señor nos propone continuamente la fe, la salvación, su fuerza y su gracia. Nos toca a nosotros tomar lo que nos pertenece, aprovechar las riquezas que nos ofrece. Por esto nuestra respuesta es vital, es la llave para entrar en el Reino. Si la bendición no reposa sobre nosotros, es que no la reconocemos o no la acogemos. Si abro el paraguas no me mojaré, pero sigue lloviendo. Si quiero que la lluvia me empape, es suficiente con cerrar el paraguas y exponerme.

 

            ¿Qué me impide responder a Dios? Muchas veces son miedos que nacen de proyecciones del futuro pero que no tienen una base sólida en la realidad. Una de las grandes técnicas del Diablo para tentarnos es la deformación de la realidad. Como en las sombras chinas, un pequeño perro se convierte en un terrible dragón... ¡pero en realidad no es más que un perro faldero!

Esta batalla se suele librar en nuestra imaginación. Según la tradición Bíblica la persona tiene tres principios interdependientes pero diferenciados: el cuerpo, el alma y el espíritu. El espíritu es la parte que nos hace semejantes a Dios, inmortales, que nos da acceso al mundo sobrenatural. Ahí está el santuario interior en el que la Trinidad habita y que nadie puede profanar.

 

            El cuerpo es nuestra parte física, en el que podemos incluir los instintos. El alma es el mundo psicológico, tanto en sus funciones más primarias como más elevadas. Aquí están los sentimientos, las emociones, las cualidades y las heridas. Aquí está también la imaginación. Es en este terreno donde el Diablo aprovecha heridas, pobrezas e ignorancia para tentarnos. Recordemos que el pecado implica el consentimiento, es decir, que la tentación no es pecado, y que siempre tenemos un margen de libertad para rechazarla. Dicho de otro modo, siempre tenemos la libertad y la capacidad para adherir a la voluntad de Dios.

 

Vivir el presente

 

            Para ayudarnos a poder responder o, al menos, a pedir la ayuda del Espíritu (y Él es fiel, porque ¿qué padre hay que si un hijo le pide pan le dé un piedra, y si le pide un pescado le dé un escorpión? Cf. Mt 7, 7-11) es importante vivir en el presente. Vivir el presente es no llevar a cuestas con nuestras cargas del pasado, ni estar paralizado por el futuro. Es, senzillamente, vivir el hoy, vivir en la realidad. Sólo desde esta actitud podremos ser verdaderamente responsables y maduros humanamente, y estar disponibles a las solicitaciones del Espíritu, como María: “Soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

 

            La sabidura popular dice que la mejor manera de despreocuparse es ocuparse, y la sabiduría de los padres insiste en la necesidad de “estar presente”, “despierto”, “en vela”. Estando presente podemos escuchar, recibir, acoger todo lo bueno que la vida, los otros y Dios nos ofrecen. En cambio, el que vive bajo la culpabilidad del pasado o el miedo del futuro se cierra y se repliega en sí mismo, rechazando la vida.

 

            Un aliado poderoso en esta lucha por el presente es nuestro amigo el cuerpo. Cuando los pensamientos no nos dejan orar (santa Teresa le llamaba a las distracciones mentales “la loca de la casa”) toma consciencia de tu cuerpo, de la respiración a través de la oración de Jesús (Señor Jesús, hijo del Dios vivo / ten piedad de mi pobre pecador), fíjate en la belleza de un icono, en el perfume del incienso... y nuestro amigo el cuerpo nos ayudará a interiorizarnos y estar presentes a la Presencia.

 

Creer i confiar

 

            La fe no es sólo creer en Dios. San Jaime nos dice que también lo demonios creen en la existencia de Dios (St 2, 18-19). La fe también es confiar y depender. Decidirse a creer implica por tanto aceptar el riesgo de confiar y depender de Dios. Esto no es abstracto. Todo lo contrario. Vivir de fe es dar la oportunidad a que el mundo sobrenatural se manifieste en nuestras vidas, y el Reino suele entrar por las fisuras de nuestras seguridades. Vivir de fe también es reconocer los signos y presencias de Dios en la vida cotidiana: la intervención de los ángeles, la dignidad de un sacerdote, la Presencia de Cristo en la Eucaristía... La fe y la conversión es un tema extremadamente concreto.

 

            En efecto, porque convertirse es llevar a la vida la fe que hemos aceptado. Por esto confiar y depender de Dios quiere decir confiar y depender de la Escritura, de la Iglesia, del magisterio, de las personas que nos guían... Esa confianza amorosa es lo que en cristiano se llama la obediencia. En los momentos en que nos duele la obediencia es cuando la Providencia nos da la oportunidad de dar un paso de fe.

 

También es una ayuda importante en nuestro camino de fe y conversión la formación. En la raíz de la formación está el deseo vivo de conocer más a Dios en su Palabra, en su familia que es la Iglesia, en los corazones de sus hijos, y así poder responder con mayor fidelidad a sus invitaciones de amor.

 

            Y esas invitaciones también son extremadamente concretas. Toda nuestra vida está llamada a convertirse. En nuestra historia personal es posible que tengamos una fecha y un lugar que marque un antes y un después. Pero la conversión está hecha de decisiones constantes a lo largo de nuestra vida y en todas los dominios. En la conversión no hay decisiones pequeñas (Lc 16,10), porque lo que define su importancia es el amor que se pone. Con razón santa Teresita podía decir que recoger un alfiler del suelo puede salvar más almas que una gran obra misionera.

 

            Igual que hay que renunciar a la culpabilidad del pasado y a los miedos del futuro, también debemos rechazar los “totalitarismos”. Frecuentemente Dios no nos pide renunciar a todo; nos pide renunciar a una hora de televisión para estar con Él. Tampoco nos pide dar nuestra vida de modo cruento; nos dirá que aceptemos una pobreza personal. Quizas pensemos que nos quiere ya, del todo y para siempre, pero Él, que es un Padre que conoce a sus hijos, sabe esperar a que hagamos nuestro proceso (II Pe 3,15).

 

            Vivir de fe y de conversión es una tensión entre el deseo de la respuesta total e immediata, y la paciencia confiante mientras estamos en camino.

 

Actividad
  1. Haz una relación de las veces que conscientemente has optado por Dios: un acto de fe, una decisión o compromiso tomado, una opción en tu vida, un desprendimiento o un gesto... ¿Qué te aportó de bueno y bello a tu vida? ¿Cómo te sentiste cuando dijiste SI?
  2. Ahora piensa qué puede pedirte Dios hoy. Toma un tiempo de oración y escribe en un papel tu respuesta. Pon ese compromiso en tu rincón de oración, en tu Biblia, en tu breviario o en tu mesita de noche... en un lugar fácilmente visible para que sea un recordatorio de la Alianza que has firmado con Dios.
  3. Si quieres, comparte la resolución que has tomado hoy con alguien para que ore por ti y pueda verificar el cumplimiento.

 

Primer día.

Lectura

Gn 12, 1-5

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

Espíritu Santo, Espíritu Consolador, que en el día de Pentecostés descendiste sobre los apóstoles para llenar sus corazones de gracias, de caridad y de sabiduría; en nombre de esta liberalidad y esta misericordia infinita, llena también mi alma de tu gracia, y haz que sienta en la entrañas la dulzura inefable de tu amor. Ven, Espíritu Santo, y des del  cielo haz descender sobre nosotros un rayo de tu claridad; ven Padre de los pobres, ven dispensador de los dones celestiales, ven luz de los corazones. ¡O nuestro único consolador!

 

Dulce Esposo de nuestras almas, paz y gozo nuestro, ven, ven tu que borras el pecado del mundo, tu que sanas nuestras enfermedades. Fuerza de los fuertes, suporte de los débiles, maestro de los humildes, terror de los soberbios. Ven, gloria de los vivos, esperanza y salvación de los que están muertos. ¡Ven, ven O Dios mío! Y derrama en mi corazón los tesoros de tus dones y de tus misericordias.

 

Dame el don de sabiduría para que me embriague de tu amor; el don de la inteligencia para que esté iluminado por la claridad de lo alto; el don de consejo para que no me aparte nada de tus mandamientos; el don de fortaleza para que luche con coraje; el don de ciencia para que aprenda a conocer tus santas verdades; el don de piedad para que mi corazón ceda a los impulsos de tu gracia; el don de temor para que mi alma respecte tus juicios.

 

¡O dulcísimo amante de las almas puras! Enciende y abrasa mi corazón con la dulcísima y preciosísima llama de tu amor de manera que así mi alma se eleve encendida y ardiente hasta Ti, Tu que eres mi único fin y abismo de todo bien. Dulcísimo amante de las almas castas e inocentes, tu que conoces mi extrema debilidad, ¡Ha! Por gracia extiende sobre mi tu mano misericordiosa y hazme salir de mi mismo para poder introducirme en ti.

 

Convierte, destruye, anorrea ; haz desaparecer de mi todo lo que te plazca, pero que yo sea tal como quieres. Que mi vida sea un sacrificio digno de ti, y que esté completamente consumido por el amor. ¡O! ¿Quien me obtendrá un favor como este? Dirige tus ojos hacia esta pobre criatura que día y noche suspira por ti. “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” ¿Cuándo me presentaré ante la faz donde residen todas las gracias? ¿Cuándo iré al tabernáculo del Señor? ¿Cuándo entraré en la casa de mi Dios? ¿Cuándo estaré lleno de la gloria de tu presencia? ¿Cuándo seré liberado de los ataques de la tentación? O hogar de los esplendores eternos, que vuelva al abismo de donde he salido y que allí te conozca como tu me conoces, te ame como me amas, y contemple eternamente tu rostro en compañía de los escogidos. Amén.

Luis de Granada

(Retomar esta oración cada día de la semana)

 

Segundo día.

Lectura

Ex 3, 1-12

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Tercer día.

Lectura

II S 12, 1-25

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Cuarto día.

Lectura

Is 6

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Quinto día.

Lectura

Lc 1, 26-38

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Sexto día.

Lectura

Jn 9

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Séptimo día.

Lectura

Rm 3, 21-26

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

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