Comunidad de las Bienaventuranzas

Retiro Efusión Espíritu Santo - Semana 6

 

LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

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Meditación.

 

Juan XXIII había pedido en 1961, en el anuncio del Concilio Vaticano II, que Dios renovara en nuestra época sus maravillas como en un nuevo Pentecostés. Y el Espíritu escuchó su oración irrumpiendo en el catolicismo. Desde el 18 de febrero de 1967, cuando el Espíritu Santo cayó sobré unos treinta estudiantes y profesores de la universidad de Duquesne (Pensylvania; EUA) que hacían un retiro sobre la iglesia primitiva, hasta los 72 millones de crisitanos católicos que hoy en día participan en grupos y realidades “carismáticas”, hay un largo camino de maravillas que si se intentaran recoger todas por escrito, ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribirían (Jn 21,25). Como dice Pablo, hemos caminado “de gloria en gloria” (2Co 3,18) y la clave de este despertar multitudinario es única: la experiencia de una nueva Efusión del Espíritu Santo.

 

La Efusión del Espíritu no equivale al Bautismo. Este es un sacramento que nos hace hijos de Dios, marcándonos para toda la eternidad con su sello, perdona y sana del pecado original, no shace participar en la vida trinitaria i nos incorpora a la Iglesia. En cambio la Efusión es una experiencia que Dios da para renovar el fervor, las gracias, el impulso misionero, o fundar una nueva obra.

 

En los hechos de los apóstoles se narran diversas efusiones del Espíritu. La primera es la del capítulo 2, cuando se presenta bajo la forma de lenguas de fuego. Los efectos son el don de lenguas, la valentía para dar testimonio público, y la predicación. Más tarde, en el capítulo cuarto hay una segunda efusión: Pedro y Juan son liberados milagrosamente de la prisión, y la comunidad reunida ora pidiendo a Dios que ante la persecución conceda a sus siervos “la valentía de anuncia su palabra”: extiende tu mano para realizar curaciones, señales y prodigios por el nimbre de tu santo siervo Jesús”. Entonces “retembló el lugar donde estaban reunidos, y todods quedron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía”.

 

Encontramos una tercera efusión del Espíritu en el capítulo décimo. Esta es particular, porque por primera vez se manifiesta sobre los no judíos: “Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó dobre todos los que escuchaban la Palabra (...) El don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios”. Algo parecido pasó en Éfeso justo después que Pablo bautizase unos conversos: “Cuando les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y s epusieron a halar en lenguas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres” (Hch 19,6-7).

 

La efusión del Espíritu no se puede provocar, es un don gratuito de Dios. Pero sí que nos podemos preparar para acoger la gracia cuando se derrame desde el cielo. Jesús decía en el discurso final antes de dar su vida que si le amamos y guardamos sus mandamientos, Él pedirá al Padre que nos de otro Defensor: el Espíritu Santo que habita en nuestra casa y estará con nosotros siempre (Jn14,15-17) ¿Qué predisposición tenían estos hombres y mujeres para dejarse poseer por el Espírtu de Dios? ¿Cómo nos podemos preparar?

 

  • En primer lugar es necesario un corazón puro, porque sólo el hombre de corazón puro puede ver a Dios y estar en su recinto santo (Sal 24,3-4; Mt 5,8) Esto significa que es importante preparar nuestro corazón por la confesión. Una cadena que impide abrir la puerta al Espíritu es el rencor, la dureza, el juicio que vienen de una falta de perdón. Por eso, junto con la confesión, es muy importante reconciliarse con el que tenemos un problema.
  • Una segunda predisposición es tener una actitud de abandono y pequeñez, es decir, dejar que Dios haga sin ponerle límites, ya que “tiene poder para realizar toda s las cosas incomparablement mejor de los que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros” (Ef 3,20). No valen aquí falsas humildades, ni miedor o temores, ni tampoco vergüenzas. Hay que dar carta libre al Espíritu.
  • La tercera predisposición es la fe. Aunque no sintamos nada, aunque a nivel sensible sea el desierto, debemos mantener una actitud de escucha y obediencia a las mociones del Espíritu, y serán el resultado de esta docilidad práctica que nos mostrará la realidad del don que hemos recibido.

 

Una vez renovados por el Espíritu de Dios, los frutos más comunes que nos permiten constatar esta fuerza que viene de lo alto son los siguientes:

 

  • La conciencia de ser Hijos, y descubrir la persona del Padre.
  • La experiencia personal de la Salvación: Jesús me amó y se entregó por mí (Gal 2,20). No es historia pasada,  lo he vivido en mí.
  • Una lectura personal de la Palabra de Dios. Al leer la Biblia el texto sagrado me habla como si hubiese sido escrito especialmente para mí. Los personajes bíblicos se convierten en seres vivos, y sus historias inspiración y luz para mi vida concreta.
  • Amor a la Iglesia. Al reencontrarme con el Padre, descubro que los cristianos son mis hermanos. Ante la Iglesia no pesa tanto su lado organizativo institucional, como el cordial y familiar. Hay un gran respeto y hasta cariño por el Papa, los obispos y los sacerdotes. La identidad laica aparece como un agente protagonista en la misión evangelizadora de la Iglesia. (*) El Santo Padre tiene la misión de confirmar en la fe lo que el Espíritu suscita en la Iglesia. Su bendición es capaz de integrar en la familia de los Hijos de Dios realidades que se escapan a la jurisdicción de un obispo. Por eso, y dado que la Renovación es una corriente de gracia universal y ecuménica, tiene una afinidad espiritual particular con el sucesor de Pedro.
  • Amor a los sacramentos. Como la Palabra de Dios, los sacramentos se vuelven vivos y un verdadero encuentro con Cristo y con los hermanos. Desde este momento no es tan importante lo bien o mal que diga la misa el cura, o qué música anima la liturgia: me encuentro con el Señor. En el sacramento de la confesión, suele haver una renovación al profundizarse la consciencia del pecado y de la misericordia de Dios, acompañándose muchas veces con el don de lágrimas.
  • Gusto por la oración. Como entre enamorados, se desea y se buscan los tiempos de solitud en un corazón a corazón con el Amado.
  • La alabanza. Es uno de los aspectos más característicos de la Renovació Carismática. La oración ya no se limita a peticiones o meditaciones. Se ha tenido una experiencia del amor y la salvación de Dios, de su belleza y grandeza, y surge un canto de alabanza por Él mismo, y por sus obras.
  • Carismas. Una nueva apertura a las manifestaciones carismáticas desde las más sencillas hasta los dones más extraordinarios. La puerta que abre habitualmente al resto de carismas es el don de lenguas, y aunque no fluya espontáneamente podemos ayudarlo a manifestarse, ya que es el único que se puede “provocar”. (cf. Ver anexo sobre la Vida Carismática).
  • Otros. En el momento de la Efusión pueden haber otras manifestaciones más sensibles como lágrimas, descansos en el Espíritu, un calor, risas... en todo caso estas son secundarias respecto a las anteriores.

 

Actividad

 

Prepárate a la Efusión del Espíritu por la confesión, la reconciliación, la oración y el ayuno. Pide al Señor que te conceda un corazón generoso, valiente y fervoroso para acoger todo lo que Él quiera darte.

 

Primer día.

Lectura

Hch 2,1-13

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Fuego y luz que resplandecen en el rostro de Cristo,

Fuego que vienes como palabra,

Fuego que en silencio iluminas,

Fuego que estableces los corazones en la acción de gracias,

Te magnificamos.

 

 

Tu que reposas en Cristo,

Epíritu de sabiduría y de inteligencia,

Espíritu de consejo y fuerza,

Espíritu de ciencia y de temor,

Te magnificamos.

 

Tu que escrutas las profundidades de Dios,

Tu que iluminas los ojos de nuestro corazón,

Tu que te unes a nuestro espíritu,

Tu, por quien reflejamos la gloria del Señor,

Te magnificamos.

San Efrén

 

(Retomar esta oración cada día de la semana)

 

Segundo día.

Lectura

Hch 4,1-31

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Tercer día.

Lectura

Hch 10

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Cuarto día.

Lectura

Hch 19,1-7

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Quinto día.

Lectura

Gal 5,16-25

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Sexto día.

Lectura

1Co 12,1-11

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

 

Séptimo día.

Lectura

Jn 16,7-15

Meditación en silencio

Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Oración

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